Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
FIN
O. Henry
jueves, 16 de diciembre de 2010
Mi mascota
Es que ya no ladrás
ni caminás
con seguridad,
ya estás anciana.
Buena compañía
después de tanta desazón de un día,
te quiero mucho y no sé que haría sin tu imagen
cuando las amigas fallan y se me alarga el día.
No sé si podré reemplazar tu ser
por otra compañía,
pues tus dulces ojos acarician mi alma en pena.
Sólo Dios sabe cuánto te alargará la vida.
Yo pretendo darte mi amor hasta que Él lo decida.
Gracias, gracias por estar conmigo de noche y de día.
Aunque solo hayas estado conmigo tres años
es como si te tuviera desde que fuiste parida.
Mona
ni caminás
con seguridad,
ya estás anciana.
Buena compañía
después de tanta desazón de un día,
te quiero mucho y no sé que haría sin tu imagen
cuando las amigas fallan y se me alarga el día.
No sé si podré reemplazar tu ser
por otra compañía,
pues tus dulces ojos acarician mi alma en pena.
Sólo Dios sabe cuánto te alargará la vida.
Yo pretendo darte mi amor hasta que Él lo decida.
Gracias, gracias por estar conmigo de noche y de día.
Aunque solo hayas estado conmigo tres años
es como si te tuviera desde que fuiste parida.
Mona
El mate
Te conocí siendo una niña;
no te tomaba pero te cebaba y
me ponía contenta cuando me salías bien.
Crecí y te probé, me gustaste.
Estuviste conmigo en buenos y malos momentos.
Cuando estaba en familia,
cuando estaba con amigos
y hasta cuando estaba sola,
siempre fuiste fiel y muy buen compañero
Hoy seguís estando al lado mío
en un lugar donde no quiero estar
pero en que debo estar.
Te sigo compartiendo.
Me encanta cebarte
y que me digan “qué rico mate”
Cuando no te tomo, te extraño.
Me levanto y me acuesto con vos.
Te cuido y te aprecio
Te tomo caliente, frío y de jugo.
No me abandonaste nunca.
Y porque me gustás y mucho
creo que nunca voy a dejarte.
Emily
no te tomaba pero te cebaba y
me ponía contenta cuando me salías bien.
Crecí y te probé, me gustaste.
Estuviste conmigo en buenos y malos momentos.
Cuando estaba en familia,
cuando estaba con amigos
y hasta cuando estaba sola,
siempre fuiste fiel y muy buen compañero
Hoy seguís estando al lado mío
en un lugar donde no quiero estar
pero en que debo estar.
Te sigo compartiendo.
Me encanta cebarte
y que me digan “qué rico mate”
Cuando no te tomo, te extraño.
Me levanto y me acuesto con vos.
Te cuido y te aprecio
Te tomo caliente, frío y de jugo.
No me abandonaste nunca.
Y porque me gustás y mucho
creo que nunca voy a dejarte.
Emily
sábado, 27 de noviembre de 2010
EL AMOR Y EL TIEMPO
Isabel, cruel el tiempo juega como un niño,
tratamos de detener el río,
somos pedacitos de tiempo.
El amor con su deseo de trascendencia construye diques.
Palabras eternas de los dioses que amo.
Pero siento que soy ALGO DEL AYER.
Cómo decirte, Isabel, que el no ser también existe,
que los conceptos son como piedras de una casa que el tiempo demolerá.
Que los arquetipos no son eternos.
Y que me hundo en la noche
profiriendo ciegamente
destellos de cielo
que el tiempo incendia.
Ernesto
martes, 14 de septiembre de 2010
Isabel
II
Isabel, a veces siento el tiempo consumiéndome, siento que el mundo se desploma, y vuelve a resurgir cada día. Amaneceres solitarios son los míos, soy una vana sombra pesadillezca. Busco un tiempo blando, busco que mi realidad se adecue a mi pensamiento, pero no sé cómo a veces salgo de ellos y el mundo se torna real, imaginario oasis. Salto hacia el vacío del mundo sordo y anónimo. Siento angustias por este mundo que, como dice Borges, desgraciadamente es real.
Ernesto
Isabel, a veces siento el tiempo consumiéndome, siento que el mundo se desploma, y vuelve a resurgir cada día. Amaneceres solitarios son los míos, soy una vana sombra pesadillezca. Busco un tiempo blando, busco que mi realidad se adecue a mi pensamiento, pero no sé cómo a veces salgo de ellos y el mundo se torna real, imaginario oasis. Salto hacia el vacío del mundo sordo y anónimo. Siento angustias por este mundo que, como dice Borges, desgraciadamente es real.
Ernesto
martes, 31 de agosto de 2010
LA MUERTE
Cae la lluvia y el tiempo me moja. Escurro mis recuerdos, ya saldrá el sol con sus colores nuevos. El tiempo me ha despedazado, Junto mis pedazos. Esta calle cuántas veces me ha visto pasar y no me recuerda. El tiempo comienza a olvidarme, los lugares que frecuentaba ya no existen, sólo ese tiempo puro que por rendijas de nuestra vida a veces percibimos, nos deshace, somos el tiempo, somos la nada, somos el ser, somos en el conflicto.
Ernesto
Cae la lluvia y el tiempo me moja. Escurro mis recuerdos, ya saldrá el sol con sus colores nuevos. El tiempo me ha despedazado, Junto mis pedazos. Esta calle cuántas veces me ha visto pasar y no me recuerda. El tiempo comienza a olvidarme, los lugares que frecuentaba ya no existen, sólo ese tiempo puro que por rendijas de nuestra vida a veces percibimos, nos deshace, somos el tiempo, somos la nada, somos el ser, somos en el conflicto.
Ernesto
DE LAS COSAS COTIDIANAS
La ausencia de tu sonido. Lo extraño. Clientes, amigos, familiares, todos acudían a tu ser. Ser un teléfono por más inútil que fuera, siempre nos traía muchos beneficios. Quizás alguien se acuerde de él para arreglarlo. De lo contrario, seguirán siendo infinitos los silencios, y más un fin de semana y siendo una persona sola que siente ausencias. Ojalá pronto te reparen y puedas seguir haciéndome compañía junto a mi perra, que por ahora ella no falta.
Mona
La ausencia de tu sonido. Lo extraño. Clientes, amigos, familiares, todos acudían a tu ser. Ser un teléfono por más inútil que fuera, siempre nos traía muchos beneficios. Quizás alguien se acuerde de él para arreglarlo. De lo contrario, seguirán siendo infinitos los silencios, y más un fin de semana y siendo una persona sola que siente ausencias. Ojalá pronto te reparen y puedas seguir haciéndome compañía junto a mi perra, que por ahora ella no falta.
Mona
jueves, 26 de agosto de 2010
QUISIERA
Quisiera ser una diosa griega
para devolver vida a los que ya no están.
Quisiera ser una monja
para velar por su espíritu y protegerlos de una nueva muerte.
Lamentablemente soy un ser de carne y hueso
que entre desdichas y alguna que otra alegría sufre ausencias
y nada de lo antes dicho puede lograrse.
Tanta soledad me aísla y me permite llorar.
Aunque un futuro no muy lejano –a lo mejor–
traerá alguna dicha,
pese a la indiferencia de quienes están y no están.
Mona
Quisiera ser una diosa griega
para devolver vida a los que ya no están.
Quisiera ser una monja
para velar por su espíritu y protegerlos de una nueva muerte.
Lamentablemente soy un ser de carne y hueso
que entre desdichas y alguna que otra alegría sufre ausencias
y nada de lo antes dicho puede lograrse.
Tanta soledad me aísla y me permite llorar.
Aunque un futuro no muy lejano –a lo mejor–
traerá alguna dicha,
pese a la indiferencia de quienes están y no están.
Mona
PATRICIA
Dibujo letras, hago signos de este amor desesperado.
No es la transferencia,
es el amor que salva, que cura, que abraza el vacío,
que proclama un tiempo mejor.
No es el tiempo del psicoanálisis.
No quieren el olvido esos recuerdos,
ni los sueños transcriptos en palabras alucinadas.
Patricia, te necesito, no para que el alma sea algo inmanente
sino el cuerpo. Dale sol a mis ojos de noche.
Patricia, necesito alguna excusa, un porqué, una esperanza para seguir amando.
ERNESTO
Dibujo letras, hago signos de este amor desesperado.
No es la transferencia,
es el amor que salva, que cura, que abraza el vacío,
que proclama un tiempo mejor.
No es el tiempo del psicoanálisis.
No quieren el olvido esos recuerdos,
ni los sueños transcriptos en palabras alucinadas.
Patricia, te necesito, no para que el alma sea algo inmanente
sino el cuerpo. Dale sol a mis ojos de noche.
Patricia, necesito alguna excusa, un porqué, una esperanza para seguir amando.
ERNESTO
MAMÁ
Madre, tuve tu bienvenida al mundo,
inhóspito e insensible, pero vos hablás un lenguaje mudo
de amor incondicional.
Somos uno y dos, mi piel es tu piel,
solos y unidos en nuestro más profundo yo.
Como los budistas, en el lenguaje del silencio,
en un mismo espacio y tiempo, somos un organismo vivo
porque nos comunicamos en un idioma secreto para los otros.
Me desprendí de vos. El mundo
no tiene tus ojos, esta teñido de un sabor amargo; el mundo es cruel.
Ella también lo fue, necesito el olvido y tus ojos de madre
que como a un chico todavía me miran con un destello de luz.
Ernesto
Madre, tuve tu bienvenida al mundo,
inhóspito e insensible, pero vos hablás un lenguaje mudo
de amor incondicional.
Somos uno y dos, mi piel es tu piel,
solos y unidos en nuestro más profundo yo.
Como los budistas, en el lenguaje del silencio,
en un mismo espacio y tiempo, somos un organismo vivo
porque nos comunicamos en un idioma secreto para los otros.
Me desprendí de vos. El mundo
no tiene tus ojos, esta teñido de un sabor amargo; el mundo es cruel.
Ella también lo fue, necesito el olvido y tus ojos de madre
que como a un chico todavía me miran con un destello de luz.
Ernesto
sábado, 26 de junio de 2010
Isabel
Isabel, insondables somos,
la esfinge en el espejo, solo un signo.
El fuego nos consume en el tiempo,
acechados por los dioses
que tejen nuestro destino.
Isabel, somos pozos profundos donde se caen las palabras.
Habitamos en el desconcierto de un mundo
poblado de otros rostros mudos, inermes,
ríos de palabras congeladas, de ojos ciegos,
me siento entre muros, una palabra en un laberinto.
Los hombres se pierden en palabras vacías.
Solo la poesía da al lenguaje, hombres y dioses su hospedaje.
Solos como abismos en lo inconmensurable
de dos soledades pobladas de ausencias.
la esfinge en el espejo, solo un signo.
El fuego nos consume en el tiempo,
acechados por los dioses
que tejen nuestro destino.
Isabel, somos pozos profundos donde se caen las palabras.
Habitamos en el desconcierto de un mundo
poblado de otros rostros mudos, inermes,
ríos de palabras congeladas, de ojos ciegos,
me siento entre muros, una palabra en un laberinto.
Los hombres se pierden en palabras vacías.
Solo la poesía da al lenguaje, hombres y dioses su hospedaje.
Solos como abismos en lo inconmensurable
de dos soledades pobladas de ausencias.
Ernesto
martes, 30 de marzo de 2010
CONTACTO
Para comunicarse con el blog, dejar su participacion, o comentario
escriba a: tallerliterarioliaison@gmail.com
Los esperamos
escriba a: tallerliterarioliaison@gmail.com
Los esperamos
El Bar
Recuerdo que tendría 8 años aproximadamente y que mi papá Adino, así se llamaba, solía ir todas las nochecitas a un bar que estaba a la vuelta de mi casa, a jugar a las cartas, y que mi mamá Emilce, se quejaba de que no estaba en casa para la hora de la cena.
Un día cansada de que siempre se repitiera la misma situación, apenas termino la queja de mi mamá me dije: tengo que hacer algo para que esto no pase más; y lo primero que se me ocurrió fue que tenía que ir hasta el bar y de alguna manera traerlo de nuevo a mi casa. Y así fue, sali de mi casa y mientras que caminaba hacia el bar iba pensando en que le iba a decir pero nada se me ocurria. Llegue al bar y entre.
Mire para todos lados y en un costado lo veo a mi papa sentado en una mesa muy campante jugando a las cartas junto a otros 3 hombres. Fui y me paré al lado suyo y sin dejarlo decir una palabra le dije: Vamos ya para casa que tenés que ir a lavar los platos.
El me miró, miró a sus compañeros y todos se empezaron a reír, sin embargo yo, seguía muy seria y le dije: ¿No me escuchaste? Y el con todo su amor se levantó, saludó a sus compañeros, me tomo de la mano y me dijo: Vamos hija.
Llegamos a casa y mi papá le contó a mi mamá todo lo ocurrido, y juntos no paraban de reírse.
A medida que fueron pasando los años y que fui creciendo cada vez que recordábamos esta anécdota no parábamos de reírnos.
Emily
Un día cansada de que siempre se repitiera la misma situación, apenas termino la queja de mi mamá me dije: tengo que hacer algo para que esto no pase más; y lo primero que se me ocurrió fue que tenía que ir hasta el bar y de alguna manera traerlo de nuevo a mi casa. Y así fue, sali de mi casa y mientras que caminaba hacia el bar iba pensando en que le iba a decir pero nada se me ocurria. Llegue al bar y entre.
Mire para todos lados y en un costado lo veo a mi papa sentado en una mesa muy campante jugando a las cartas junto a otros 3 hombres. Fui y me paré al lado suyo y sin dejarlo decir una palabra le dije: Vamos ya para casa que tenés que ir a lavar los platos.
El me miró, miró a sus compañeros y todos se empezaron a reír, sin embargo yo, seguía muy seria y le dije: ¿No me escuchaste? Y el con todo su amor se levantó, saludó a sus compañeros, me tomo de la mano y me dijo: Vamos hija.
Llegamos a casa y mi papá le contó a mi mamá todo lo ocurrido, y juntos no paraban de reírse.
A medida que fueron pasando los años y que fui creciendo cada vez que recordábamos esta anécdota no parábamos de reírnos.
Emily
Receso
Con mis pesares debo, a parte comportarme responsablemente pues debo defender el pan del día a día durante su ausencia. Que pido encarecidamente no sea definitiva en este mundo.
Quizás vengan momentos de felicidad y de relax con posterioridad a dicho trance espero que mi mente y mi cuerpo me acompañen con estos líos y no enloquecer, para mi desgracia.
El encierro espero que no me consuma y una luz de esperanza ilumine mis días. El posterior descanso me equilibrara nuevamente.
Mona
Quizás vengan momentos de felicidad y de relax con posterioridad a dicho trance espero que mi mente y mi cuerpo me acompañen con estos líos y no enloquecer, para mi desgracia.
El encierro espero que no me consuma y una luz de esperanza ilumine mis días. El posterior descanso me equilibrara nuevamente.
Mona
domingo, 28 de febrero de 2010
Canción de Cuna
“¡No puede ser! 45 minutos, ¿ya? Solo dos meses… ¡¿Por qué no pudo esperar dos meses más para nacer?!” Asumo que éste debe haber sido uno de los muchos pensamientos que cruzaron la cabeza de mi papá durante mi primer año de vida. Más específicamente, durante las noches de ese período.
Siendo un bebé prematuro, mis pulmones no estaban del todo desarrollados cuando llegué a este mundo. No corría riesgo de vida, o al menos eso estimo, pero sé que durante meses mis papas tuvieron que hacerme nebulizaciones todas las noches antes de dormir. Me acostumbré a ese ruido que la mayoría de la gente odia (cabe recordar que en1985 los nebulizadores, como todo otro aparato eléctrico, eran más ruidosos que los de ahora) y lo adopté como “canción de cuna”.
El problema surgió cuando, una vez superada la deficiencia respiratoria, ya no necesité de las nebulizaciones. Ahora, ¿cómo dormir sin mi canción de cuna? Por suerte, ahí estuvo mi papá, de profesión ingeniero, para -justamente- ingeniar una solución.
Grabó en un cassette el sonido del nebulizador y todas las noches lo prendía junto a mi cuna para que yo me durmiese. Y ahí lo dejaba… hasta que, pasados 45 minutos, la cinta saltaba y yo me despertaba. Mi llanto era su despertador: mi papá se levantaba, subía la escalera y pacientemente daba vuelta el cassette para poner “play” una vez más. Y así fue su sueño: intermitente durante muchos meses. En realidad, no puede atribuírseme toda la responsabilidad por ello: no es mi culpa que en los radiograbadores, la función “repetir” no existiese o que aún no tuviésemos una reproductora de CDs.
No importa la razón, así fue como sucedió. ¿Habría sido yo igual física, intelectual e incluso emocionalmente, si hubiese nacido dos meses después? No lo sé. Pero me atrevo a afirmar que mi papá habría dormido mejor.
Siendo un bebé prematuro, mis pulmones no estaban del todo desarrollados cuando llegué a este mundo. No corría riesgo de vida, o al menos eso estimo, pero sé que durante meses mis papas tuvieron que hacerme nebulizaciones todas las noches antes de dormir. Me acostumbré a ese ruido que la mayoría de la gente odia (cabe recordar que en1985 los nebulizadores, como todo otro aparato eléctrico, eran más ruidosos que los de ahora) y lo adopté como “canción de cuna”.
El problema surgió cuando, una vez superada la deficiencia respiratoria, ya no necesité de las nebulizaciones. Ahora, ¿cómo dormir sin mi canción de cuna? Por suerte, ahí estuvo mi papá, de profesión ingeniero, para -justamente- ingeniar una solución.
Grabó en un cassette el sonido del nebulizador y todas las noches lo prendía junto a mi cuna para que yo me durmiese. Y ahí lo dejaba… hasta que, pasados 45 minutos, la cinta saltaba y yo me despertaba. Mi llanto era su despertador: mi papá se levantaba, subía la escalera y pacientemente daba vuelta el cassette para poner “play” una vez más. Y así fue su sueño: intermitente durante muchos meses. En realidad, no puede atribuírseme toda la responsabilidad por ello: no es mi culpa que en los radiograbadores, la función “repetir” no existiese o que aún no tuviésemos una reproductora de CDs.
No importa la razón, así fue como sucedió. ¿Habría sido yo igual física, intelectual e incluso emocionalmente, si hubiese nacido dos meses después? No lo sé. Pero me atrevo a afirmar que mi papá habría dormido mejor.
por Mulito
miércoles, 24 de febrero de 2010
Estimados lectores,
En nuestro taller hemos estudiado este cuento de María Esther de Miguel. Les proponemos que escriban otros finales y que los envíen a este blog, como hizo Emily. Los mejores serán publicados.
LA CRECIENTE
- Y entonces el agua comenzó a subir…
Le contaría cómo había sido. Un agua mansa, tranquila. Un agua amiga que parecía haberse levantado despacito desde el fondo del río, como poniendose en puntas de pie para saber qué pasaba encima de la barranca alta y cerrada. O tal vez un agua coqueta, que había querido acercar su espejo para que las cosas de la ribera se miraran en ella, como las mujeres acercan su rostro para que los hombres querendones se vean en el fondo de los ojos. Claro que nadie pudo haberlo hecho porque, mansita y todo, ya no era transparente como cuando estaba en lo hondo del río, sino que se había vuelto turbia, “como se vuelven turbios los ojos de las muchachas curiosas”, se dijo.
Pero, con todo, había sido lindo verla así, desperezándose en el fondo del barrancón oscuro, levantándose de a poquito hasta asomarse a la orilla primero, y avanzando después hasta abrazar los troncos altos de los álamos jóvenes y las copas de los ceibos viejos; y después seguir adelante, adelante, acariciando los pastos verdes que estaban cerca de la costa, y los matorrales de menta y lucera que ya no estaban tan cerca; y después arrimarse hasta los postes del viejo gallinero de don Tobías y comenzar a taparlos despacito, sin apuro, y sin apuro subir la cuchillita de tierra parda y llegar hasta el patio apisonado del rancho de Juan y cubrirlo en seguida y meterse por la puerta abierta de la cocina y seguir adelante, como buscando otras cosas… Le contaría cómo había sido lindo verla avanzar así, tan segura, tan tranquila. Y cómo había sido de entretenido, además. Se pasaban las horas mateando y mateando, mirando y mirando, casi sin hablar, mientras se oían aquí y allá los comentarios y las apuestas.
–De seguro que llega hasta el barrancón alto…
–Y tal vez nomás. El año pasado llegó.
–Pero se me hace que este año va dir más lejos entoavía.
–Doña Braulia tendrá que salir de su ranchada…
–Mejor, cumpa, así se le ahugan todas las pulgas flacas que tiene.
Claro que había sido entretenido… Porque, además, habían llegado los troperos arriando el ganado de los campos bajos; y la gente del bañado grande, con sus críos y sus pilchas y sus gritos… Fue una verdadera romería, casi tan entretenida como aquella de la ciudad donde un día la había llevado el Sánchez. Lástima que estuvo sola. El Sánchez se había ido con una tropilla hasta Médanos, disparándole a la creciente “por las dudas repuntase hasta ese albardón”, y la había dejado a ella en el rancho con los perros y las ovejas y la lechera y un “Usté no se mueva de aquí ni se me asuste, que esto es muy seguro.”
Pero ella no había tenido miedo. ¡Tantas crecientes habían venido y se habían ido desde que estaba en esa isla!... Además, tenía a los compadres de la ranchada vecina.
–Si se le moja el colchón me avisa, ña Ciriaca, que yo tengo uno de chalas, calentito, donde, apretados, dentramos los dos –le había dicho el Zoilo. Y la mujer había agregado:
–Los tres dirá, viejo sotreta… No se afloja comadre, que este viejo es pura pinta y nada más…
Los vecinos eran buenos, pero ¡la pucha!, el agua no les dio tiempo. Hasta el colchón de chalas se les mojó muy prontito.
–Porque ¿sabes?, el agua siguió creciendo nomás, pero ya no era mansa…
Apretada sobre las pajas empapadas del techo, la Ciriaca seguía ensayando lo que le diría después al Sánchez; después, cuando ya estuviera de nuevo allí abajo, en la cocina de adobe y paja, dele mate y mate, lidiando, ¿cuándo no? Con las biznagas húmedas que por más resoplidos que uno de no quieren nunca acabar de prenderse del todo y solo saben largar humo hasta dejar los ojos como dos lagunones desbordados.
Le seguiría contando, entonces:
–El agua creció, nomás. Y se puso brava. Al segundo día llegó hasta el barrancón alto; y siguió adelante. Desde el cuarenta y siete que esto no pasaba, ¿te acordás?
Sabía que su viejo pondría cara de que todo eso no le importaba mucho que digamos, y que tal vez la interrumpiría con un “¡Bah!… Inundaciones bravas fueron las de las Lechiguanas, allá por el cinco…”, pero que, con todo, la escucharía atento, endurecida la cara arrugada, “achucharrada como carne’e charqui”, y los ojitos negros, achicados por el humo espeso, mirándola sin mirarla, y la mano silenciosa llevando y trayendo el mate grande y brilloso por tantos años de manoseo constante, con su bombilla, tan gastada la pobre, pero de plata. ¡Si señor!, de plata, de plata del Perú, como le había dicho hacía como veinte años, cuando se la vendió, el viejo Tufic, aquel turco zorro que todos los años aparecía en el pago con su cargamento de peines, botones, collares y mil chucherías que desbordaban de sus canastas hinchadas hinchadas como vejigas llenas, pero que en un verano no apareció, y que después no apareció del todo, porque, como le dijeron más adelante, lo habían encontrado a punto de reventar a el también, igualito a sus canastas, con el vientre hinchado y tirante como el tiento de un tambor, abandonado en aquellos pajonales donde tuvo la desgracia de toparse con una yarará.
–Pero esta vez jue grande, te digo… Llegó hasta la altura de doña Flora.
Y entonces el Sánchez no podía responderle nada, ni llevarle la contra, porque ella sabía que nunca había llegado el agua hasta lo de doña Flora. Lo recordaba bien porque la creciente más grande que vieron juntos fue la del cuarenta y siete, y ese año ella andaba en los tramites del casorio y la Flora, que además de ser medio curandera entendía de religión, le explicaba el catecismo como le había indicado el Padre Juan, aquel cura alemán, coloradote y alegre, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que con tantos años de estar juntos ella y el Sánchez, y tener ya cinco hijos, era un pecado que no se casaran como Dios y las leyes mandaban. Y se había salido con la suya el cura, aunque mucha gracia el asunto no les había hecho a ninguno de los dos. Porque ¡mire que ocurrencia querer casarlos cuando ya eran tan viejos! Si daba vergüenza y todo… Noches y noches se pasó pensando lo que se diría en el pago, en el boliche sobre todo:
“–A ver, amigo, una ginebrita a la salú de la novia… porque achucharrada como pasa de uva, la Ciriaca como novia, es novia, si vamos al caso…”
Y además de vergüenza, miedo. Si, miedo. Porque mire que justito entonces cuando los hijos estaban ya grandes, y ellos a punto de quedarse otra vez solos porque el Ñato, el único que estaba aún en la casa, se iba para Zarate, justito entonces, ¿quien les aseguraba que el casamiento no les iba a traer líos, como a aquellos parientes suyos que, según le contara su madre, vivieron juntos cuarenta y dos años, y justo a la semana de haberles dado el cura la bendición, vino un día el marido y encontró que la mujer no había hecho aún el puchero, y le gritó como siempre le gritaba, y a lo mejor hasta la zarandeó un poco, como tal vez lo hacía también siempre –aunque no se acordaba si así se lo había contado su madre–, y ella le dijo: “No me grites que no soy su sirvienta”; y él “¿Qué es usté entonces, si puede saberse?”, y ella “Soy su esposa”; y él “¿Esposa? Yo te via dar esposa…” y le dio una tunda como seguramente se la daba siempre, pero como, con toda seguridad, no se la volvió a dar, porque la mujer comenzó a hacer un atado con sus cosas y a repartirse las otras. “Y esto es mío… y esto es tuyo…”, y con su atadito al hombro se fue a la tranquera y después al camino y después a la casa del hijo; y el viejo se quedó solo, solo después de cuarenta y dos años de estar acompañado, solo definitivamente, porque de allí se marchó al boliche y tomó tanta caña para “ahugar las penas” que se quedó seco de un ataque.
Como para no tener miedo con todas las cosas que se oyen. Porque ese rancho y ese hombre era lo único que tenía, y no quería perderlo por una bendición del cura que, claro, ella sabía que no le vendría mal porque nunca vienen mal las cosas de los santos o de las ánimas benditas, sobre todo si uno es viejo; pero, al fin de cuentas, se habían pasado ya tantos años sin ella que bien podían ir tirando unos añitos más, los que faltaban para llegar al camposanto.
Pero aflojaron nomás.
–Y, con los curas no se puede –había dicho el Sánchez–. Son buenos… y a lo mejor tienen razón…
Se casaron entonces. Y les fue bien. No se pelearon más de lo que acostumbraban; no les había faltado para la yerba fresca y la galleta dura y el cigarro áspero que fumaba el Sánchez y que a veces pitaba también ella, para entretener las horas.
–Si tuviera ahora alguno, bien que me vendría pa’ acortar la espera hasta que el agua baje. O hasta que llegue el Sánchez…
Se dijo esto en voz alta, y sintió que las palabras salían de su garganta mojada, y que echaban a rodar por las pajas mojadas… Claro, quién sabe si no hubiera sido mejor haberse ido con sus compadres.
–Vamos, ña Ciriaca. Esta vez es bravo –le había dicho el Zoilo.
Pero ella, desde arriba de la mesa en que se había arrinconado, le contestó:
–No, compadre… Ya va a bajar. El rancho es alto y aguantador. A más que no puedo dirme sin que el Sánchez sepa pa dónde me voy. Aurita nomás hai ha de llegar él y esperamos juntos. O nos marchamos juntos, pues…
Se lo habían dicho también los de la Subprefectura cuando pasaron en la lancha grande, juntando gente, y se asomaron por el hueco chiquito que dejaba el agua en la puerta que había sido grande, y la vieron no ya arriba de la mesa, sino de la silla de paja puesta sobre la mesa:
–Vamos doña, que esto va a subir más…
–Y no, don… Quién le dice que no pare nomás. Yo espero un poquito. Es cuestión de tener paciencia… Total, siempre hay tiempo para salir, y el Sánchez ya hai de estar al llegar…
–No sea cabeza dura, vieja…
Y así un rato; ellos que sí y ella que no. Hasta que se fueron. Mejor, porque ellos no tenían tiempo para perder y ella no tenía ganas de discutir. Sintió que al marchar se decían:
–Dejála. Es una vieja medio loca. La humedá se le subió a la azotea… Vamos a aquel rancho que tiene un montón de chicos…
–Será lindo morir ahogado ¿no? Porque, mire que no querer dejar esas cuatro paredes locas… ¡Si parece mentira!...
Ella había alcanzado a escuchar todo eso. Pero no dijo nada. ¡Qué sabían esos muchachitos que era un rancho armado de a poquito, durante años y años! La cama grande, de fierro, con el elástico aflojado de tanto usarla, es cierto, pero que hasta por eso parecía más linda; y el colchón de lana que justito ese invierno había removido con la máquina que le prestaron en la estancia El Rodeo; y las ollas abolladas de tanto ir y venir; y las gallinas que había amontonado arriba de los cajones hasta que las pobres no dieron más; y la lechera que largó para el otro médano a ver si se salvaba la pobre…
Eso era el rancho. Qué sabían de él los muchachitos aporteñados. Como para dejarlo así nomás, por una crecida que, brava y todo, no podía tardar en bajar. Hacía añares que estaba allí… Añares ¿Cuántos? Ya ni se acordaba. Solo se acuerda que cuando llegó tenía las trenzas renegridas apretando su cara joven, y que ahora el pelo blanco caía sobre sus arrugas hondas… Hacía muchos años. Había caído al pago por casualidad nomás. Ella era correntina. Iba a Buenos Aires a colocarse en una fonda o algo así, que ya ni se acordaba bien, cuando en el viaje lo conoció al Nicasio Sánchez. El viaje fue largo, y ellos conversaron bastante y estuvieron siempre juntos. Cuando llegaron a Ibicuy, la Ciriaca se bajo y se quedó en la costa, tiesa, con sus paquetes a un lado, mirando el tren largo y cargado de gente que lentamente subía al “ferry” con que atravesaría el Paraná hasta Zarate. Le hubiera gustado ver como era eso de que la balsa lo llevara a uno con tren y todo; además le habían contado que en el “ferry” se armaban guitarreadas y se tomaba mate y cerveza, y hasta a veces se bailaba. Le hubiera gustado ver y estar en todo eso: pero más le gustaba el Nicasio Sánchez, y el Nicasio Sánchez vivía allí, en Ibicuy. Por eso se quedó.
Y después que el tren se fue con su gente y con sus ruidos, ellos empezaron a caminar despacito hasta el rancho que el Sánchez tenía en un médano alejado. Iban callados, sin hablar, sin saber que decirse; ella con su atado de ropas y el con su poncho al hombro, por la huella arenosa y áspera, iban caminando, caminando nomás. El Sánchez pensando en quien sabe en que y ella pensando en que tal vez no debía haberse quedado, en que tal vez hubiera estado mejor a estas horas arriba del “ferry”, tomando cerveza y escuchando el bandoneón, y no al lado de ese hombre silencioso que no decía nada, que no hacía nada… Iban caminando nomás. Pero, de pronto, justito cuando estaba arrepintiéndose del todo por haberse quedado allí, el Nicasio Sánchez dejó de caminar, y le quitó el atado de ropas, y ella pensó “Qué suerte, me lo va a llevar”; pero el Nicasio Sánchez no se lo llevó, sino que lo dejo en el suelo, y en cambio la agarró a ella, y la tumbó detrás de un médano bajito, sobre la arena áspera que no sintió dentro de sus alpargatas nuevas cosquillándoles los pies, sino dura y caliente debajo de sus espaldas fuertes de muchacha joven… Después se levantaron, y ella sacudió la arena que había quedado prendida en su blusa de percal, y se rió un poco, colorada y nerviosa, y siguieron caminando, caminando debajo de las estrellas, pero ya no en silencio, sino dele que dele a la conversación y con el corazón bailoteando. “Fue el día que más habló el Sánchez”, se decía aún ahora… y a los doce meses, el Nicasio Sánchez la subió a un caballo primero y a una canoa después y la llevó a la isla. Y allí levantaron el rancho con paja brava y barro, y criaron los hijos, y las ovejas, y las gallinas y las nutrias. ¿Cuántos años así? ¡Vaya a saber! El tiempo pasa y ella había perdido la cuenta. Peor fueron añares. Y añares no pueden dejarse de golpe, por un poco de agua nomás…
–A más que ya va a bajar. Nunca ha durado tanto. Hay que tener paciencia, pues el Sánchez hai de estar al llegar, y hai de encontrarme, si no qué va a decir…
El Sánchez sabía que siempre la encontraba. Siempre. Una sola vez no la encontró. Él se había ido con una tropilla grande, como ahora, y también entonces los había separado la creciente. A él lo agarró en Gualeguay, a ella en el rancho. Fue larga la espera. Un día y otro día. Ya estaba aburrida de estar sola, lidiando con dos gurises que entonces tenían, sin poder con ellos, porque, claro, cuando el padre no esta, los críos hacen lo que quieren, y a estos dos se les habían dado por andar todo el día fuera, entre los pajonales. Y entonces, un día, llegó el resero aquel. Hasta del nombre se había olvidado. Se acercó al rancho en que ella estaba, cuando no, dale que dale con las biznagas húmedas, en la cocina del techo bajo, llenas de sombras ya porque era el atardecer.
–Güenas, doña…
–Güenas…
–¿Mateando?
–¡Ajá!
–No habrá un amargo para un forastero con sé.
–Si el agua se calienta…
Y el forastero que la ayuda a encender el fuego, y a retirar la pava renegrida y caliente, y que recibe de sus manos un mate y otro mate, un día y otro día… Y en la oscuridad de la cocina, al atardecer, los ojos del hombre que cada día brillan más, y la mano que cada vez tarda más en recibir y entregar el mate; y la voz dura y tierna que una noche le dice: “Esta noche vengo”. Y ella: “No, ‘tan los gurises”. Y él que ordena, como ordenan los machos: “Te espero ajuera, entonces, junto a la laguna”. Y esa noche, cuando regresaba de la laguna, con la ropa húmeda y el pelo revuelto y el aliento cortado, en la cocina oscura el punto luminoso del cigarro del Sánchez. Y su voz ronca, y su ademán duro y brusco que la tira al suelo y le pega una y otra vez, con la mano, con el rebenque, con el cinto llenito de tintineantes monedas de plata, y le dice también una y otra vez: “Pa que aprendas a estar donde el Nicasio Sánchez te deja…”
Todavía ahora recuerda aquella noche, la única noche que el Nicasio Sánchez no la encontró en el rancho… Porque desde entonces, siempre la halló, aguardándolo. Una vez el Nicasio Sánchez no dio con su hija, que se había escapado con un pajuerano; otra vez no halló la majada, que se la había llevado un desalmado que robaba hacienda a los pobres; otra vez no se topó con el álamo alto en que se recostaba el rancho, porque lo había partido en dos un rayo endemoniado. Pero a ella siempre la encontró. Y la encontraría mientras el rancho estuviera firme sobre sus horcones y su paja brava amasada con barro. Por eso debía hallarla también ahora con creciente y todo.
Ella sabía, claro, que en cuanto las aguas siguieran subiendo un poco, el rancho ya no iba a aguantar más. Si hasta le parecía oír el chasquido del barro y de la paja brava cayendo al agua, y sentir el vaivén lento del techo en que estaba acurrucada…
–Capaz que hai de estar al caerse nomás… Y güeno; Dios sabe lo que hace… La cuestión es que cuando venga el Sánchez sepa que si yo no aguante fue porque tampoco el rancho pudo aguantar más…
Le contaría cómo había sido. Un agua mansa, tranquila. Un agua amiga que parecía haberse levantado despacito desde el fondo del río, como poniendose en puntas de pie para saber qué pasaba encima de la barranca alta y cerrada. O tal vez un agua coqueta, que había querido acercar su espejo para que las cosas de la ribera se miraran en ella, como las mujeres acercan su rostro para que los hombres querendones se vean en el fondo de los ojos. Claro que nadie pudo haberlo hecho porque, mansita y todo, ya no era transparente como cuando estaba en lo hondo del río, sino que se había vuelto turbia, “como se vuelven turbios los ojos de las muchachas curiosas”, se dijo.
Pero, con todo, había sido lindo verla así, desperezándose en el fondo del barrancón oscuro, levantándose de a poquito hasta asomarse a la orilla primero, y avanzando después hasta abrazar los troncos altos de los álamos jóvenes y las copas de los ceibos viejos; y después seguir adelante, adelante, acariciando los pastos verdes que estaban cerca de la costa, y los matorrales de menta y lucera que ya no estaban tan cerca; y después arrimarse hasta los postes del viejo gallinero de don Tobías y comenzar a taparlos despacito, sin apuro, y sin apuro subir la cuchillita de tierra parda y llegar hasta el patio apisonado del rancho de Juan y cubrirlo en seguida y meterse por la puerta abierta de la cocina y seguir adelante, como buscando otras cosas… Le contaría cómo había sido lindo verla avanzar así, tan segura, tan tranquila. Y cómo había sido de entretenido, además. Se pasaban las horas mateando y mateando, mirando y mirando, casi sin hablar, mientras se oían aquí y allá los comentarios y las apuestas.
–De seguro que llega hasta el barrancón alto…
–Y tal vez nomás. El año pasado llegó.
–Pero se me hace que este año va dir más lejos entoavía.
–Doña Braulia tendrá que salir de su ranchada…
–Mejor, cumpa, así se le ahugan todas las pulgas flacas que tiene.
Claro que había sido entretenido… Porque, además, habían llegado los troperos arriando el ganado de los campos bajos; y la gente del bañado grande, con sus críos y sus pilchas y sus gritos… Fue una verdadera romería, casi tan entretenida como aquella de la ciudad donde un día la había llevado el Sánchez. Lástima que estuvo sola. El Sánchez se había ido con una tropilla hasta Médanos, disparándole a la creciente “por las dudas repuntase hasta ese albardón”, y la había dejado a ella en el rancho con los perros y las ovejas y la lechera y un “Usté no se mueva de aquí ni se me asuste, que esto es muy seguro.”
Pero ella no había tenido miedo. ¡Tantas crecientes habían venido y se habían ido desde que estaba en esa isla!... Además, tenía a los compadres de la ranchada vecina.
–Si se le moja el colchón me avisa, ña Ciriaca, que yo tengo uno de chalas, calentito, donde, apretados, dentramos los dos –le había dicho el Zoilo. Y la mujer había agregado:
–Los tres dirá, viejo sotreta… No se afloja comadre, que este viejo es pura pinta y nada más…
Los vecinos eran buenos, pero ¡la pucha!, el agua no les dio tiempo. Hasta el colchón de chalas se les mojó muy prontito.
–Porque ¿sabes?, el agua siguió creciendo nomás, pero ya no era mansa…
Apretada sobre las pajas empapadas del techo, la Ciriaca seguía ensayando lo que le diría después al Sánchez; después, cuando ya estuviera de nuevo allí abajo, en la cocina de adobe y paja, dele mate y mate, lidiando, ¿cuándo no? Con las biznagas húmedas que por más resoplidos que uno de no quieren nunca acabar de prenderse del todo y solo saben largar humo hasta dejar los ojos como dos lagunones desbordados.
Le seguiría contando, entonces:
–El agua creció, nomás. Y se puso brava. Al segundo día llegó hasta el barrancón alto; y siguió adelante. Desde el cuarenta y siete que esto no pasaba, ¿te acordás?
Sabía que su viejo pondría cara de que todo eso no le importaba mucho que digamos, y que tal vez la interrumpiría con un “¡Bah!… Inundaciones bravas fueron las de las Lechiguanas, allá por el cinco…”, pero que, con todo, la escucharía atento, endurecida la cara arrugada, “achucharrada como carne’e charqui”, y los ojitos negros, achicados por el humo espeso, mirándola sin mirarla, y la mano silenciosa llevando y trayendo el mate grande y brilloso por tantos años de manoseo constante, con su bombilla, tan gastada la pobre, pero de plata. ¡Si señor!, de plata, de plata del Perú, como le había dicho hacía como veinte años, cuando se la vendió, el viejo Tufic, aquel turco zorro que todos los años aparecía en el pago con su cargamento de peines, botones, collares y mil chucherías que desbordaban de sus canastas hinchadas hinchadas como vejigas llenas, pero que en un verano no apareció, y que después no apareció del todo, porque, como le dijeron más adelante, lo habían encontrado a punto de reventar a el también, igualito a sus canastas, con el vientre hinchado y tirante como el tiento de un tambor, abandonado en aquellos pajonales donde tuvo la desgracia de toparse con una yarará.
–Pero esta vez jue grande, te digo… Llegó hasta la altura de doña Flora.
Y entonces el Sánchez no podía responderle nada, ni llevarle la contra, porque ella sabía que nunca había llegado el agua hasta lo de doña Flora. Lo recordaba bien porque la creciente más grande que vieron juntos fue la del cuarenta y siete, y ese año ella andaba en los tramites del casorio y la Flora, que además de ser medio curandera entendía de religión, le explicaba el catecismo como le había indicado el Padre Juan, aquel cura alemán, coloradote y alegre, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que con tantos años de estar juntos ella y el Sánchez, y tener ya cinco hijos, era un pecado que no se casaran como Dios y las leyes mandaban. Y se había salido con la suya el cura, aunque mucha gracia el asunto no les había hecho a ninguno de los dos. Porque ¡mire que ocurrencia querer casarlos cuando ya eran tan viejos! Si daba vergüenza y todo… Noches y noches se pasó pensando lo que se diría en el pago, en el boliche sobre todo:
“–A ver, amigo, una ginebrita a la salú de la novia… porque achucharrada como pasa de uva, la Ciriaca como novia, es novia, si vamos al caso…”
Y además de vergüenza, miedo. Si, miedo. Porque mire que justito entonces cuando los hijos estaban ya grandes, y ellos a punto de quedarse otra vez solos porque el Ñato, el único que estaba aún en la casa, se iba para Zarate, justito entonces, ¿quien les aseguraba que el casamiento no les iba a traer líos, como a aquellos parientes suyos que, según le contara su madre, vivieron juntos cuarenta y dos años, y justo a la semana de haberles dado el cura la bendición, vino un día el marido y encontró que la mujer no había hecho aún el puchero, y le gritó como siempre le gritaba, y a lo mejor hasta la zarandeó un poco, como tal vez lo hacía también siempre –aunque no se acordaba si así se lo había contado su madre–, y ella le dijo: “No me grites que no soy su sirvienta”; y él “¿Qué es usté entonces, si puede saberse?”, y ella “Soy su esposa”; y él “¿Esposa? Yo te via dar esposa…” y le dio una tunda como seguramente se la daba siempre, pero como, con toda seguridad, no se la volvió a dar, porque la mujer comenzó a hacer un atado con sus cosas y a repartirse las otras. “Y esto es mío… y esto es tuyo…”, y con su atadito al hombro se fue a la tranquera y después al camino y después a la casa del hijo; y el viejo se quedó solo, solo después de cuarenta y dos años de estar acompañado, solo definitivamente, porque de allí se marchó al boliche y tomó tanta caña para “ahugar las penas” que se quedó seco de un ataque.
Como para no tener miedo con todas las cosas que se oyen. Porque ese rancho y ese hombre era lo único que tenía, y no quería perderlo por una bendición del cura que, claro, ella sabía que no le vendría mal porque nunca vienen mal las cosas de los santos o de las ánimas benditas, sobre todo si uno es viejo; pero, al fin de cuentas, se habían pasado ya tantos años sin ella que bien podían ir tirando unos añitos más, los que faltaban para llegar al camposanto.
Pero aflojaron nomás.
–Y, con los curas no se puede –había dicho el Sánchez–. Son buenos… y a lo mejor tienen razón…
Se casaron entonces. Y les fue bien. No se pelearon más de lo que acostumbraban; no les había faltado para la yerba fresca y la galleta dura y el cigarro áspero que fumaba el Sánchez y que a veces pitaba también ella, para entretener las horas.
–Si tuviera ahora alguno, bien que me vendría pa’ acortar la espera hasta que el agua baje. O hasta que llegue el Sánchez…
Se dijo esto en voz alta, y sintió que las palabras salían de su garganta mojada, y que echaban a rodar por las pajas mojadas… Claro, quién sabe si no hubiera sido mejor haberse ido con sus compadres.
–Vamos, ña Ciriaca. Esta vez es bravo –le había dicho el Zoilo.
Pero ella, desde arriba de la mesa en que se había arrinconado, le contestó:
–No, compadre… Ya va a bajar. El rancho es alto y aguantador. A más que no puedo dirme sin que el Sánchez sepa pa dónde me voy. Aurita nomás hai ha de llegar él y esperamos juntos. O nos marchamos juntos, pues…
Se lo habían dicho también los de la Subprefectura cuando pasaron en la lancha grande, juntando gente, y se asomaron por el hueco chiquito que dejaba el agua en la puerta que había sido grande, y la vieron no ya arriba de la mesa, sino de la silla de paja puesta sobre la mesa:
–Vamos doña, que esto va a subir más…
–Y no, don… Quién le dice que no pare nomás. Yo espero un poquito. Es cuestión de tener paciencia… Total, siempre hay tiempo para salir, y el Sánchez ya hai de estar al llegar…
–No sea cabeza dura, vieja…
Y así un rato; ellos que sí y ella que no. Hasta que se fueron. Mejor, porque ellos no tenían tiempo para perder y ella no tenía ganas de discutir. Sintió que al marchar se decían:
–Dejála. Es una vieja medio loca. La humedá se le subió a la azotea… Vamos a aquel rancho que tiene un montón de chicos…
–Será lindo morir ahogado ¿no? Porque, mire que no querer dejar esas cuatro paredes locas… ¡Si parece mentira!...
Ella había alcanzado a escuchar todo eso. Pero no dijo nada. ¡Qué sabían esos muchachitos que era un rancho armado de a poquito, durante años y años! La cama grande, de fierro, con el elástico aflojado de tanto usarla, es cierto, pero que hasta por eso parecía más linda; y el colchón de lana que justito ese invierno había removido con la máquina que le prestaron en la estancia El Rodeo; y las ollas abolladas de tanto ir y venir; y las gallinas que había amontonado arriba de los cajones hasta que las pobres no dieron más; y la lechera que largó para el otro médano a ver si se salvaba la pobre…
Eso era el rancho. Qué sabían de él los muchachitos aporteñados. Como para dejarlo así nomás, por una crecida que, brava y todo, no podía tardar en bajar. Hacía añares que estaba allí… Añares ¿Cuántos? Ya ni se acordaba. Solo se acuerda que cuando llegó tenía las trenzas renegridas apretando su cara joven, y que ahora el pelo blanco caía sobre sus arrugas hondas… Hacía muchos años. Había caído al pago por casualidad nomás. Ella era correntina. Iba a Buenos Aires a colocarse en una fonda o algo así, que ya ni se acordaba bien, cuando en el viaje lo conoció al Nicasio Sánchez. El viaje fue largo, y ellos conversaron bastante y estuvieron siempre juntos. Cuando llegaron a Ibicuy, la Ciriaca se bajo y se quedó en la costa, tiesa, con sus paquetes a un lado, mirando el tren largo y cargado de gente que lentamente subía al “ferry” con que atravesaría el Paraná hasta Zarate. Le hubiera gustado ver como era eso de que la balsa lo llevara a uno con tren y todo; además le habían contado que en el “ferry” se armaban guitarreadas y se tomaba mate y cerveza, y hasta a veces se bailaba. Le hubiera gustado ver y estar en todo eso: pero más le gustaba el Nicasio Sánchez, y el Nicasio Sánchez vivía allí, en Ibicuy. Por eso se quedó.
Y después que el tren se fue con su gente y con sus ruidos, ellos empezaron a caminar despacito hasta el rancho que el Sánchez tenía en un médano alejado. Iban callados, sin hablar, sin saber que decirse; ella con su atado de ropas y el con su poncho al hombro, por la huella arenosa y áspera, iban caminando, caminando nomás. El Sánchez pensando en quien sabe en que y ella pensando en que tal vez no debía haberse quedado, en que tal vez hubiera estado mejor a estas horas arriba del “ferry”, tomando cerveza y escuchando el bandoneón, y no al lado de ese hombre silencioso que no decía nada, que no hacía nada… Iban caminando nomás. Pero, de pronto, justito cuando estaba arrepintiéndose del todo por haberse quedado allí, el Nicasio Sánchez dejó de caminar, y le quitó el atado de ropas, y ella pensó “Qué suerte, me lo va a llevar”; pero el Nicasio Sánchez no se lo llevó, sino que lo dejo en el suelo, y en cambio la agarró a ella, y la tumbó detrás de un médano bajito, sobre la arena áspera que no sintió dentro de sus alpargatas nuevas cosquillándoles los pies, sino dura y caliente debajo de sus espaldas fuertes de muchacha joven… Después se levantaron, y ella sacudió la arena que había quedado prendida en su blusa de percal, y se rió un poco, colorada y nerviosa, y siguieron caminando, caminando debajo de las estrellas, pero ya no en silencio, sino dele que dele a la conversación y con el corazón bailoteando. “Fue el día que más habló el Sánchez”, se decía aún ahora… y a los doce meses, el Nicasio Sánchez la subió a un caballo primero y a una canoa después y la llevó a la isla. Y allí levantaron el rancho con paja brava y barro, y criaron los hijos, y las ovejas, y las gallinas y las nutrias. ¿Cuántos años así? ¡Vaya a saber! El tiempo pasa y ella había perdido la cuenta. Peor fueron añares. Y añares no pueden dejarse de golpe, por un poco de agua nomás…
–A más que ya va a bajar. Nunca ha durado tanto. Hay que tener paciencia, pues el Sánchez hai de estar al llegar, y hai de encontrarme, si no qué va a decir…
El Sánchez sabía que siempre la encontraba. Siempre. Una sola vez no la encontró. Él se había ido con una tropilla grande, como ahora, y también entonces los había separado la creciente. A él lo agarró en Gualeguay, a ella en el rancho. Fue larga la espera. Un día y otro día. Ya estaba aburrida de estar sola, lidiando con dos gurises que entonces tenían, sin poder con ellos, porque, claro, cuando el padre no esta, los críos hacen lo que quieren, y a estos dos se les habían dado por andar todo el día fuera, entre los pajonales. Y entonces, un día, llegó el resero aquel. Hasta del nombre se había olvidado. Se acercó al rancho en que ella estaba, cuando no, dale que dale con las biznagas húmedas, en la cocina del techo bajo, llenas de sombras ya porque era el atardecer.
–Güenas, doña…
–Güenas…
–¿Mateando?
–¡Ajá!
–No habrá un amargo para un forastero con sé.
–Si el agua se calienta…
Y el forastero que la ayuda a encender el fuego, y a retirar la pava renegrida y caliente, y que recibe de sus manos un mate y otro mate, un día y otro día… Y en la oscuridad de la cocina, al atardecer, los ojos del hombre que cada día brillan más, y la mano que cada vez tarda más en recibir y entregar el mate; y la voz dura y tierna que una noche le dice: “Esta noche vengo”. Y ella: “No, ‘tan los gurises”. Y él que ordena, como ordenan los machos: “Te espero ajuera, entonces, junto a la laguna”. Y esa noche, cuando regresaba de la laguna, con la ropa húmeda y el pelo revuelto y el aliento cortado, en la cocina oscura el punto luminoso del cigarro del Sánchez. Y su voz ronca, y su ademán duro y brusco que la tira al suelo y le pega una y otra vez, con la mano, con el rebenque, con el cinto llenito de tintineantes monedas de plata, y le dice también una y otra vez: “Pa que aprendas a estar donde el Nicasio Sánchez te deja…”
Todavía ahora recuerda aquella noche, la única noche que el Nicasio Sánchez no la encontró en el rancho… Porque desde entonces, siempre la halló, aguardándolo. Una vez el Nicasio Sánchez no dio con su hija, que se había escapado con un pajuerano; otra vez no halló la majada, que se la había llevado un desalmado que robaba hacienda a los pobres; otra vez no se topó con el álamo alto en que se recostaba el rancho, porque lo había partido en dos un rayo endemoniado. Pero a ella siempre la encontró. Y la encontraría mientras el rancho estuviera firme sobre sus horcones y su paja brava amasada con barro. Por eso debía hallarla también ahora con creciente y todo.
Ella sabía, claro, que en cuanto las aguas siguieran subiendo un poco, el rancho ya no iba a aguantar más. Si hasta le parecía oír el chasquido del barro y de la paja brava cayendo al agua, y sentir el vaivén lento del techo en que estaba acurrucada…
–Capaz que hai de estar al caerse nomás… Y güeno; Dios sabe lo que hace… La cuestión es que cuando venga el Sánchez sepa que si yo no aguante fue porque tampoco el rancho pudo aguantar más…
sábado, 13 de febrero de 2010
Final de "La Creciente" de M. Esther de Miguel
Llegó la noche y ella seguía ahí. Por suerte, la maldita agua dejó de subir y de a poco hasta empezó a bajar.
Al otro día ya pudo volver a estar sobre la mesa y por la tardecita ya no había quedado más agua en el rancho.
Pensó: "Ahora sí hai de estar al caerse el Sánchez".
Y Doña Ciriaca no se equivocó. Al otro día el Sánchez llegó como siempre y, como si nada hubiese pasado, le dijo: "¡Güenas Doña! ¿No habrá un amargo?" Y ella sin dudar fue a encender el fuego para poner a calentar la pava renegrida que siempre la acompañaba.
Por Emily
Al otro día ya pudo volver a estar sobre la mesa y por la tardecita ya no había quedado más agua en el rancho.
Pensó: "Ahora sí hai de estar al caerse el Sánchez".
Y Doña Ciriaca no se equivocó. Al otro día el Sánchez llegó como siempre y, como si nada hubiese pasado, le dijo: "¡Güenas Doña! ¿No habrá un amargo?" Y ella sin dudar fue a encender el fuego para poner a calentar la pava renegrida que siempre la acompañaba.
Por Emily
martes, 19 de enero de 2010
Quién estará esperando,
un niño quizás,
a que den las doce y ver a Papá Noél
con su regalito a cuestas para festejar la Navidad,
muchos deseos mandando
y saludos y felicidades se dan esperando
próximamente
a que los relojes marquen las 12 nuevamente
en otra oportunidad
para despedir el año que ya se va.
Prosperidad
y dicha en el próximo vendrán,
que todos festejemos humildemente y en paz.
Mona
un niño quizás,
a que den las doce y ver a Papá Noél
con su regalito a cuestas para festejar la Navidad,
muchos deseos mandando
y saludos y felicidades se dan esperando
próximamente
a que los relojes marquen las 12 nuevamente
en otra oportunidad
para despedir el año que ya se va.
Prosperidad
y dicha en el próximo vendrán,
que todos festejemos humildemente y en paz.
Mona
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