Un día cansada de que siempre se repitiera la misma situación, apenas termino la queja de mi mamá me dije: tengo que hacer algo para que esto no pase más; y lo primero que se me ocurrió fue que tenía que ir hasta el bar y de alguna manera traerlo de nuevo a mi casa. Y así fue, sali de mi casa y mientras que caminaba hacia el bar iba pensando en que le iba a decir pero nada se me ocurria. Llegue al bar y entre.
Mire para todos lados y en un costado lo veo a mi papa sentado en una mesa muy campante jugando a las cartas junto a otros 3 hombres. Fui y me paré al lado suyo y sin dejarlo decir una palabra le dije: Vamos ya para casa que tenés que ir a lavar los platos.
El me miró, miró a sus compañeros y todos se empezaron a reír, sin embargo yo, seguía muy seria y le dije: ¿No me escuchaste? Y el con todo su amor se levantó, saludó a sus compañeros, me tomo de la mano y me dijo: Vamos hija.
Llegamos a casa y mi papá le contó a mi mamá todo lo ocurrido, y juntos no paraban de reírse.
A medida que fueron pasando los años y que fui creciendo cada vez que recordábamos esta anécdota no parábamos de reírnos.
Emily
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