Mabruk era un beduino de Alcázar Kebir. Le llamaban el Attar1. Desde que tenía uso de razón fue siempre vendedor ambulante.
Mabruk se casó tarde con Mabruka, una joven berebere negra de la tribu de los Ait Jacob.
Salió antes del amanecer. Rezó solo ante el desamparo de dios. El juez lo recibió con un gruñido. Mabruk le contó que era Attar y que viajaba mucho y que aquella vez había quedado cuatro años fuera de casa y que cuando regresó encontró en casa a cuatro niños hermosos y bien educados, gracias a dios, el clemente y misericordioso, y que para él eran sus hijos y los quiere como todo padre quiere a sus hijos desde que el mundo es mundo y desde que el hombre pronunció por primera vez la primera palabra, pero que la gente hablaba mucho y decía cosas sobre su mujer y eso le preocupaba sobremanera, porque atentaba en contra de su honestidad de hombre de fe, que ama a dios y teme su castigo.
El cadí mandó llamar a Mabruka.
Le recitó los hechos y ella dijo:
– Señor cadí, mi marido viaja mucho y lo hace por nosotros. A veces no lo veo en tres o cuatro años. Usted que conoce las leyes de dios sabe que la soledad es también femenina y es la misma que acompaña a mi amado Mabruk en sus largos viajes. Así que cuando le echo de menos, cosa que ocurre con frecuencia, me pongo su pantalón y me acuesto. Disfruto, a dios gracia, y para gloria del todopoderoso, me quedo embarazada. Estos hijos son nuestros, señor cadí y dios lo sabe.
El juez envuelto en su albornoz blanco miró a Mabruka y dijo:
–¿Has oído lo que dijo tu mujer? Esos niños son tuyos, pero por encima de todo, son criaturas del Islam.
Mabruk cogió a Mabruka de la mano y volvieron a casa. Por la noche viajaron juntos al espacio al que sólo el deseo tiene acceso. Cuando ella quedó dormida, contempló la carne de su boca y agradeció al creador de tanta belleza reunida en un hermoso rostro.
Al día siguiente, se despertó al amanecer sin hacer ruido, preparó sus recuas y emprendió un nuevo viaje hacia la sabiduría de los humildes.
Larbi El Harti