lunes, 21 de diciembre de 2009

El Prisionero

Hace muchos años luché por escapar de esta prisión, que por entonces me parecía infame y llena de humedades pegajosas. Y todo porque en algunas ocasiones había estado del otro lado de estas paredes.
Sí. El origen del mal que por entonces comenzó a hacerme padecer fue el haber visto la luz, el haber conocido el color y el olor de las flores, el haber sentido entre mis dedos la sutilezas del agua y de la arena; el haber andado por el espacio infinito, como un rey.
Todavía recuerdo que la primera vez que salí de esta caverna, me sentí deslumbrado por el sol, embriagado por el aire y maravillado por cada piedra.
En las pocas o muchas oportunidades en que estuve del otro lado, me enteré de la existencia del universo y de los muchos seres parecidos a mí que lo pueblan. También llegué a saber de estos sonidos que son el duplicado de las cosas y que a veces las dominan.
Por lo que todavía puedo palpar, mi encierro es un lugar pequeño formado por un espacio en el que yazgo y por un estrecho pasaje en forma de semicírculo por donde me está vedado transitar..
En aquellos tiempos estaba ansioso, desesperado. Quería fugarme.
–Si algunas veces puedo estar fuera – me repetía constantemente – existe alguna manera de salir.
Mis primeros intentos, lo confieso, fueron liberarme por la fuerza. Con mis manos y con mis pies, traté –en aquellos duros tiempos– de abrirme camino. Infatigablemente me di contra estas paredes que jamás quisieron ceder.
Luego, vinieron tiempos más serenos. Intenté desgastar las paredes con mis uñas. Todo fue inútil.
¿Cuántas veces estuve fuera? Hubo tiempos en que no lo supe porque se me confundía la realidad con los sueños.
Pero cada vez que lograba estar del otro lado –o al menos lo soñaba–aumentaban mis deseos de escapar, ya que algo me traía inexorablemente de vuelta.
Salir… salir… salir… No hubo un solo segundo en aquellos años en que no pensase en eso.
Luego vinieron los tiempos más reflexivos. A medida que me fui posesionando de mi propia mente, fui elaborando distintos planes de evasión. Planes fallidos, pero que me iban dejando una cuota de experiencia. Hasta que por fin di con el camino.
- Si las palabras y las cosas guardan una íntima relación – especulé – tiene que haber una o varias palabras que, al ser pronunciadas, me permitan salir de este encierro.
Me di entonces a la tarea de articular sonidos al azar, sin ningún resultado.
Finalmente ideé un método para encontrar la solución.
- Todas las palabras están formadas –reflexioné– por un conjunto limitado de letras. Por lo tanto, combinándolas, es posible obtener el conjunto de todas las palabras. Y luego combinarlas a su vez para obtener la fórmula que permita mi liberación.
De este modo, mi mente se transformó en un artilugio probabilístico. Durante años, que me parecieron siglos, combiné la A con la B, la A con la C, la A con la D, la B con la A, la B con la C…De este modo, comenzaron a pasar por mi mente palabras, textos, ciencias, literaturas, libros sagrados y profanos, todo lo que los seres pronunciaron y pronunciarán hasta el fin de los siglos en todos los idiomas y en todos los dialectos. A medida que el tiempo pasaba, la máquina de mi mente se iba haciendo cada vez más y más vertiginosa. Hasta que en un instante eterno, se configuró en mí, como un relámpago, el nombre secreto. El nombre que buscaron desde siempre todos los pueblos de la tierra: el Tetragrámaton, el nombre del Ser Supremo.
Desde entonces se hizo en mí el gran silencio.
Sé que si pronuncio este nombre arcano podré libertarme y seré omnipotente, Sé también que el Otro –el Magno, el Supremo– desaparecerá porque no puede haber en el universo dos seres de la misma magnitud, poder y sabiduría Pero también se me ha revelado que afuera existe un ser que, sin ser Dios, con un sencillo gesto, puede sacarme de aquí.
Mi piedad o mi miedo no me permiten pronunciar el nombre sagrado. He dicho miedo, porque sé que si pronuncio el nombre me tendré que hacer cargo de todos los átomos del universo. Tendré que pensarlos por toda la eternidad.
Ahora que encontré la clave y que todo el universo está en mi mente (menos Ése a quien no quiero nombrar), ya no me importa estar aquí, tampoco me importa si Aladino, o cualquier otro, vuelve a frotar la humilde lámpara en que estoy y me hace salir para que sea su esclavo.
Agus

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