Diana quería saber que había en esa bohardilla que estaba al fondo de su casa, siempre le gustaron los experimentos de laboratorio. Un día su padre para complacerla limpió parte de ese lugar (donde guardaban trastos viejos) y le indicó que allí no había mucho espacio para jugar al inventor. Diana sin quererlo ni saberlo instaló allí su sitio de entretenimientos. Jugaba a inventar remedios, a veces también jugaba a que viajaba a la luna con algunos juguetes y equipos que le había regalado su abuela y su tía. En esos viajes se comunicaba con otras galaxias.
Diana no se quejaba de la poca luz que había en ese desván, solo ella se entendía y decía a los que le preguntaban que quería ser investigadora. Con los años y la evolución del tiempo implacable en el transcurrir de su crecimiento, quiso ser médica y curar a los enfermos, pero hoy con 30 años es ama de casa y cada día que pasa le prepara a sus dos hijos comidas dignas de un chef de la alta cocina italiana.
Hoy sus dos hijos quieren a la madre que no fue investigadora del Conicet ni medica de niños y ambos siguen jugando en esa misma bohardilla con la cibernética de la computadora y con la lectura de obras maestras sin saber cual será el destino de sus vidas, sin una dirección fija.
Mona
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